martes 12 de enero de 2010

Solamente una noche de pasión

Estamos en un bar con vista al río - al famosísimo Río Amazonas – Armando, Braulio y yo, chupando y celebrando quien sabe qué, como siempre, cualquier cosa es buena excusa para tomarnos unas chelas. Me encanta salir con mis patas, mis hermanos, ellos dos completan el trío de mosqueteros bohemios y sinvergüenzas. Sólo con ellos puedo compartir secretos inconfesables, hablar de las intimidades más sensibles y reírme de las más desvergonzadas y atrevidas aventuras. Con ellos puedo sentarme a charlar sin tener que cuidar de mi vocabulario y sentir la libertad de vociferar las vulgaridades que se me antoje. Sólo con mis amigos tengo la complicidad de desviar juntos la mirada ante la presencia de una chica guapa, apreciarla, comentarla y hasta de tomarnos el atrevimiento de piropearla. De hacer concursos de eructos, que por cierto son biológicamente necesarios y de ser el más inmaduro del mundo y no sentir remordimiento alguno por eso.

Armando recibe a su celular la llamada de su novia, él pone la cara pavo baboso, con los ojos en forma de corazón, babeando y dando besos al teléfono, ya para que al terminar la conversación con una sonrisa de oreja a oreja nos informe “Chicos, mi Viviana esta en camino, así que, pórtense bonito” y finalmente suelta un suave suspiro que produce carcajadas a Braulio y a mi. Armando es un tipo envidiado, más alto que chato, más flaco que regordete, físicamente no es agraciado, pero tiene algo inexplicable para muchos y una gran encanto para muchas, siempre tiene de parejas a mujeres realmente guapas, de esas que son para presentarlas como novias a tus padres, de esas que son para pasearse del brazo por toda la ciudad, dejando atrás a decenas de tipos envidiando tu suerte y todos ellos preguntándose ¿Cómo lo hace?. Mientras que Braulio esta por casarse, ha decidido renacer la llama que estaba por extinguirse en la relación con su chica de seis años de noviazgo. “Amigos, Romina y yo decidimos ser padres, estoy feliz”.

Supongo que lo que me alegra es el hecho de saber que mis amigos son felices, que están felizmente acompañados. Por otro lado me remuerde la envidia y me siento infelizmente tonto de estar solo, de cargar con la culpa del fracaso de todas mis relaciones, debe ser porque mis ex, todas ellas, fueron las que terminaron conmigo. Es en momentos como este, la soledad no me resulta confortable, me intimida, me asusta. Hay muchas cosas que me gusta hacer solo: visitar librerías, comprarme ropa, leer en el baño, escribir (aunque estos dos últimos son actos solitarios por definición). No es que me aloque por tener a una mujer a mi lado, no me apuro tampoco por emparejarme y comprometerme con alguien, como otras personas que se queman la cabeza con eso y desesperados terminan enganchándose con cualquiera, a quien no aman, con quien pueden y no con quien quieren, con un espejismo, con una figuración, con una encarnación pero que representan eso que tanto soñaban, la compañía, buena o mala, pero compañía al fin. Como si inconscientemente buscaran a alguien para que sea testigo y dar crédito de sus vivencias. Estoy contento conmigo, me soporto a mi mismo, me tolero, me miro al espejo y veo lo que soy: un retaco que apenas llega al metro setenta, nariz aguileña, panza abultada que aún continua expandiendo sus dominios, miope y de pies chuecos.

Lo que no me gusta es estar en un bar y ver a mis cómplices de caza devorar frente a mis ojos a sus respectivas presas. Decido desenfundar mi rifle, levanto la mirada y logro divisar a un tipo y su chica a unos dos metros de donde estoy. Se les ve muy bien. Se les ve enamorados. A él más que a ella. Minutos después el tipo chato, gordo y con cara de borrachín monse, se levanta y se va al baño. La chica me clava una mirada que no puedo esquivar. La miro con el típico gesto de galán de barrio, le sonrío, le levanto el vaso y le hago salud a la distancia. Ella se ríe, me devuelve el gesto y bebe el último trago de lo que a lo lejos parece ser vino. No es muy bonita, pero tiene la sonrisa más linda de todo el local. Aprovechando la demora de su acompañante, me armo de valor ya embalado por el alcohol, me acerco y le digo “Despacha de una vez a tu amiguito y siéntate conmigo y mis amigos”. Mientras le hablo la veo más bonita que hace unos minutos. Me dice que no, que ya se está yendo y ese “amiguito” es su esposo. Le digo “Huy!!! que pena, bueno para otra vez será”. Me vuelve a decir que no, que es imposible “No salgo con otro tipo que no sea mi marido” y siendo medianamente provocador le entrego mi tarjeta personal, lanzando un evidente manotazo de ahogado. Ella la toma, se la guarda en el bolsillo trasero de su pantalón blanco. Regresa el chato, antes de sentarse la besa, ella recibe el beso fríamente, levanta la mirada hacia mí y luego la baja como si le causara pena que yo haya presenciado ese beso. Terminan lo poco que quedaba en la botella y se marchan. El tipo se balancea de un lado a otro, camina con dificultad, es notorio que esta completamente ebrio. Recién al pararse puedo ver en ella lo bien proporcionada que se ve, es tal el morbo que me produce apreciar esa tanguita a través de ese pantalón blanco al cuete, sin duda, su bonito trasero saca cara por ella. Así se va, sin regalarme una mirada de despedida, la única que me gustaba en todo el bar.

Yo, carente – por naturaleza – de la belleza física necesaria para hacer que las chicas se rindieran ante la menor de mis insinuaciones y piropos de seductor errático, no tengo más opción que buscar situaciones creativas para persuadir a las mujeres y llegar a ser, al menos por un mes, el hombre de sus vidas.

Mis experiencias con las mujeres me enseñaron rápidamente que, si a una chica no le gustaba desde el inicio, si el impacto de la primera impresión no resultaba como yo lo esperaba, debía optar por el sacrificado camino de la paciencia o simplemente descartarla y a apuntar la mira a otra presa. Ahí me encontraba, paciente, tolerante conmigo mismo, con la mirada de loser en mi vaso de cerveza, mientras que Armando y Viviana se encuentran felices comiéndose la boca cada vez más fogosos, con la mano de él perdiéndose entre las piernas de ella y a Romina peinando cariñosamente con la mano la cabellera de Braulio. “Tengo que ser paciente, en fin, esta no es mi noche, trata de pasarla bien” me digo mientras golpeteo la mesa y canto a toda voz la música de los Red Hot Chili Peppers. Segundos después llega un mensaje a mi celular "¿Dónde estas?" no logro reconocer el número, pero igual contesto "En el bar".

Media hora más tarde, sorprendido, veo pasar a través de la puerta, en medio de las luces y el humo de cigarros, a la chica del pantalón blanco, caminando directamente hacia mi mesa como una diosa, marcándome con la mirada fijamente, yo me quedo mudo y sonrío temblorosamente. Se para a unos metros de mi mesa y me llama coquetamente con el dedo, me acerco para saludarla, ella gira la cara hasta darle un beso de media luna, la cojo de las manos “¿bailamos?” digo, “¿se te ocurre algo mejor?” me pregunta y me clava otra vez esa mirada indescifrable. La mente se me pone en blanco y es en este momento en que se supone que debo decir algo ingenioso, algo inteligente, lo suficientemente gracioso para que ella se ría y la noche se prolongue. ¿Qué diría Armando?. Solamente se me ocurre preguntarle “¿Y tu marido?”, ella se ríe a carcajadas tapandose la boca con las manos “¡que marido! Ese idiota solamente es mi enamorado, esta borracho, se quedó dormido y no despertará hasta mañana al mediodía”, yo le sonrío, la cojo de la cintura y la hago mover al ritmo de “… I know you want me/ you know i want cha…” bailamos muy pegados, ella menea ese trasero enfundado en ese pantalón blanco, transluciendo su tanga morbosa, mientras yo le hago sentir mi excitación sobándola contra mi, la acaricio la cintura, el abdomen, paseo mis manos alrededor de sus pechos, como intentando saber cual es el límite. Le beso el hombro, sigo subiendo por el cuello llegando al borde de su rostro, ella voltea y me besa, su lengua juega dentro de mi boca, ella continúa de espaldas con sus brazos rodeando mi cuello. No para de sacudir la cadera al ritmo de la música, yo ya había dejado algunas gotas de sexo en mi pantalón. Hasta que el impertinente discjockey pone cumbia. Ella deja de sacudirse, gira, me coge la cara con las dos manos y me besa como si me quisiera arrancar los labios con los dientes y me dice una vez más “¿se te ocurre algo mejor?”. Yo embebido y dejando notar mi excitación “quitémonos de aquí, quiero pasar la noche contigo” luego me arrepiento lo que digo. “Ya la cagué, va a pensar que soy un enfermo, un troglodita sexual y me va a mandar volar” pienso. “Ya pues, vamos dice. “Vamos a mi depa” propongo. Ella asiente con la cabeza. Yo sonrío por dentro - ya estaba haciendo cuentas mentales entre lo que me costaría el telo – porque a estas alturas ya estaba sin plata. Me despido orgulloso de mis amigos.

Una vez que llegamos a la puerta de mi departamento me dice “Me llamo Cinthia. “Yo soy Fabián” nos reímos juntos. Una vez dentro, al tiempo que se quita la casaca, enciendo el equipo de sonido “Para no quedarme dormido” le digo mientras pongo un disco magnífico de Andrés Calamaro. Nos sentamos en el sillón. A los cinco minutos ella toma la iniciativa y se me lanza encima, me quita la camiseta y me empieza a pasear sus labios carnosos por mi torso desnudo. Me besa con mucha prisa, yo trato calmarla besándola despacio (siempre me siento asaltado por el tonto sentimental que llevo dentro), pero ella se muestra como apurada. Pienso: esta flaca tiene muy claro que no le interesa conocerme más allá de esta noche, es solo una aventura. Como diría Brauliolo demás son huevadas”.

Cinthia me lleva a la habitación jalándome de la cintura del pantalón, apaga la luz y prende la lámpara en la mesita de noche, mientras le abro la blusa muy despacio, con ternura, ella desabrocha el boton de mi jean, me baja el cierre y desliza su mano al interior de mi calzoncillo – el mismo que hace unas horas escogí porque tenía pocos usos y no tenía huecos – yo saco discretamente el condón de mi bolsillo derecho. Me tumba en la cama, nos terminamos de desnudar completamente, se monta encima de mí y me empieza besar por toda la cara hasta llegar a morder la oreja hasta jugar con mi arete y me susurra al oido "¿Hay algo que me jor que esto?". Hacemos el amor y mientras eso va pasando pienso en lo útil que sirvió ser honesto – o estúpito, que es lo mismo – y decir lo que piensas – o lo que tus genitales sientan – sin autocensuras.

Hoy me desperté casi al mediodía. Cinthia se marchó muy temprano. He decido venir a comerme un cebiche para recuperarme de la borrachera de la noche anterior, increíblemente no tengo resaca, no me duele la cabeza, pero si unas locas ganas de comer un rico cebiche y de volver hacer el amor con Cinthia, la provocadora chica del pantalón blanco de anoche. A partir de ahora me reprimiré menos y seré más transparente y directo, tener confianza en uno mismo es la voz. Así me haré menos daño y la pasaré mejor.

Después de una semana vuelvo a ver a Cinthia en una revista, está en una foto que tiene como leyenda “Artemio Choquehuanca, eminente empresario se casa con la señorita Cinthia Arévalo en una pomposa boda”. Quiero pensar que aquella noche quizá ella quiso tener su última aventura conmigo. Hoy me sonrío gratamente de haberme atrevido a hacer aquello que en su momento, me pareció demasiado kamikaze. El usar la estrategía del chico tímido es muy efectiva, pero la de ser osado si que da buenos resultados.

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miércoles 16 de septiembre de 2009

Cómo me duele quererte

Es sábado por la mañana y me encuentro tumbado en la cama con una reverenda resaca producto de las cuatro botellas (de tres litros cada una) de trago corto (que más parecía alcohol de hospital) después de la pichanga. Mi cuerpo no ha soportado la tranca del fin de semana y ha caído abatido, extenuado, destrozado presa de un dolor general en todo el cuerpo, la cabeza me esta por explotar y me duele hasta el pelo. Es toda una tortura. Juro no volver a tomar nunca más (al menos por esta semana).

No se si lo que más me molesta es el decaimiento temporal de mi salud o esta puta inutilidad y dependencia o la sensación de estar más solo que un naufrago en una isla perdida. Hace tiempo que no añoraba tanto la compañía de alguien. No tengo ni siquiera un perro que me ladre. Es en momentos como estos que reclamo a los cielos una mujer, alguien que me engría, que me cuide, que me llene de mimos, que me de delicados masajes en todo el cuerpo, que me acaricie la cabeza, que me acurruque, que me cante una canción para dormir, que me rasque la espalda allí donde mis manos no llegan, alguien con quien pueda tener ese toque de complicidad, atención, compañía, intimidad, tranquilidad y sobretodo inspiración.

Me siento débil y estropeado, y no es solo por la resaca maldita de anoche, sino que ayer en la tarde jugando al fútbol, hice un movimiento, como todo un crack, pero lejos de romperle la cintura a mi rival, quedo con la columna toda maltrecha, literalmente encorvado y doblado hacia el lado izquierdo, solo siento una punzada en la espalda y me quedo tirado de rodillas en plena cancha. Pienso que se trataba de un simple movimiento o quizá un aire, como tanto se dice. Pero ahora veo que la cosa es seria. Este dolor no es para nada desconocido para mí, es mi lumbalgia de siempre, que visita mi cuerpo de cuando en vez. Me siento un viejo achacoso y reumático. Soy excesivamente flojo, no quiero ir a comprar nada, pero tengo que hacerlo, ya que las cucarachas, arañas, lagartijas y una que otra ratita que conviven conmigo en mi desordenado y polvoriento departamento no lo pueden hacer por mí. Tengo que caminar dos cuadras hasta la botica y aplicarme una inyección para el dolor de espalda. La enfermera me aplica la droga en mi nalga peluda, me receta una pomada y recomienda refugiarme todo lo que queda del fin de semana en la tranquilidad de mi habitación.

No pienso quedarme tirado en la cama, como todo un monse, mientras mis patas se vacilan rico. No quiero ser un aburrido, aunque siempre lo he sido, desde niño me he aburrido, me aburro y me aburriré siempre. Así que, al mediodía cojo mi moto luchando con los dolores corporales, mentalizándome y dándome ánimos y hablando solo mientras manejo, diciéndome que no soy ningún viejito de mierda. Yo, muy bacán, hago todo lo contrario a lo sugerido por la enfermera de la botica. Voy con unos amigos a la playa, juego fútbol en la irregularidad de la arena, bailo, bebo y abordo a un par de chicas.

En la noche cuando aterrizo en la discoteca, la gente esta al borde del climax. En medio de todo ese asfixiante humo reaparece en mi vida Lisseth, una mujer atractiva, inteligente, alegre y muy deliciosa. Ella fue mi enamorada por muchos años, hace años. Creo que nunca la dejé de amar. Me saluda afectuosamente, me invita un trago, ya tengo el cuerpo anestesiado con el alcohol de toda la tarde. Creo recuperar todas mis facultades acrobáticas. Tiempo después el DJ pone el último éxito musical de Daddy Yankee, para mi gusto algo pacharaco y redundante como todo reggaetón, una canción que lleva por nombre “El ritmo no perdona” y de pronto Lisseth da brincos de alegría inexplicablemente al escucharla, me toma de la mano y juatch!!! me lleva a la pista de baile.

Si no fuera porque tiene una cintura provocativa, apoteósica y su carita me resulta estimulante, hubiera dicho que no. Pero no pude. Anestesiado y embalado con los tragos, me dediqué a demostrar todos mis dotes de bailarín de velorio, mostré mi más huachafo repertorio de coreografías, buscando de alguna forma encandilar a Lisseth con mis torpes, pero sexys movimientos, mientras ella con su encanto y su curvilínea hermosura solo hace confirmar que sigo templado de ella.

El adefesio coro de la canción comenzó a agitar a todos los presentes, con su letra toda sonsona y pegajosa: “Persíguelo, persíguelo, persíguelo que el ritmo no perdona, queeee no perdona…”. La gente embriagada y abandonada a los ritmos embrujados del Cangry, comienza a batirse y contornearse arrechamente hacia el piso. Lisseth en una suerte de rito dancístico, empieza a agitar el pompis frente a mi pelvis, bamboleándose, flexionando el torso y agachándose. Yo embebido, embobado y eufórico, me propuse a seguirle el ritmo haciendo gala de mi mejor estado físico (eso creía). En fin, ya mis articulaciones y mi espalda responden perfectamente y ninguna dolencia muscular puede parar a este bailarín capaz de ganar sin despeinarse el “Show de los Sueños”.

Estando en pleno éxtasis musical “A que te pego (ponlo ahí), a que te pego (tu sigue ahí), a que te pego (ahí, ahí) a que te pego… ahora suena el timbal racatantan”, sacudo la cintura de un lado a otro y ahí no más “crack” que me sonó como un “sckracht” del DJ, sentí que mi coxis se partía en dos. “Aaaaaaahh mierda” grito desesperado cerrando los ojos, sin poder levantarme del piso, ante la mirada asustada de Lisseth y la gente observando alrededor, no entienden ese nuevo y extraño pasito que yo improvisaba en el suelo. Tirado allí se me viene las palabras de la enfermera “Hey, chico de la nalga peluda, de-bes-guar-dar-re-po-so”. Me logro recuperar, y doblado, encorvado como Cuasimodo, chillando de dolor como niña y avergonzado, Lisseth me lleva donde mis amigos, les digo que por favor me lleven a mi depa, pero Lisseth se ofrece a llevarme.

Ahora por culpa de Daddy Yankee estoy aquí tirado en la cama, tieso, adolorido, soportando los malditos hincones de la contractura, pero junto a Lisseth que me cuida tan devotamente sentada al borde de mi cama, me cambia la ropa, total, ella conoce cada parte de mi amorfo cuerpo. En este momento se proyectan en mi mente, las escenas del pasado cuando mi mamá, mujer abnegada y servicial cuidaba de mí, cuando caía enfermo. Lisseth me seca el sudor de la cara. Ahora siento que la amo más. Juega con mi pelo, me dice “Date la vuelta que te voy a masajear con la pomada que te recetaron”, me da masajes con esas suaves y finas manos con las que jugaba años atrás, confundido y enamorado sin saberlo. Luego del masaje ella se recuesta a mi lado, conversamos, intercambiamos caricias, revivimos viejos recuerdos, me besa, la beso, me abraza, la abrazo, me hace el amor, le hago el amor, se queda toda la noche. A la mañana siguiente no la encuentro junto a mí, solo me topo con una nota “Anoche con tu gorrita para atrás, tu forma de vestir y esa barbita, me hiciste recordar al Fabián de antes, del cual yo me enamoré. Sorry, pero lo nuestro no puede durar más de esta noche”.

Fue un bonito reencuentro el de anoche, pero me siento utilizado, vulnerado en mis sentimientos. Soy terco y las cosas no pueden quedarse así. Así que para blindar mi orgullo, opto por aquella cosilla tecnológica que fue creada para nosotros los chicos algo tímidos con las mujeres, a parte del chat, otra genialidad es el mensaje de texto por celular, ya que si hay una respuesta negativa, ya no tendría que poner la cara de tonto tapizando la frustración entre risitas y muecas cojudas. Pues solo le enviaría un texto que diga “Ok flaca, será para la próxima pessss. Un beso, bye”, así quedo cool con ella y conmigo mismo.

Le envío el mensaje a Lisseth: “Vamos al cine, tengo un par de entradas de cortesía, ¿que dices?”, pero ella (no se si por hacerse la difícil, la misteriosa, la bacana o simplemente porque no estaría dispuesta a ir al cine con un tipo misio como yo, que la invita a ver una película con entradas de cortesía) no me contesta el mensaje hasta el día siguiente, dejando que pase la noche entera leyéndome libros, en suspenso, sudando y planteándome las mil y un pastruladas que los tipos inseguros (entre los cuales me incluyo) se plantean en estas circunstancias. “No debe saber cómo decirme que no” o “A lo mejor no le habrá llegado el mensaje” o “no tendrá saldo para contestar”… o el más trágico de todos “seguramente ya esta saliendo con otro, que al menos tenga para comprar las entradas y pagarle las canchitas”.

Al final ya desvelado, cagándome de sueño deduje “Pucha ya fue, total no quiere nada, no insisto pe, total, no es la primera vez que me shotean olímpicamente, ya se lo que es morder el polvo, caballero no más”.
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Domingo, diez y media de la mañana, mi celular vibra avisándome la llegada del mensaje de Lisseth “Cheverísimo amigo, vamos pues, llámame en la tardecita para coordinar, chaucito“, lo leo y sonrío aliviado, pero detesto que me llame “amigo”.

Llego a la casa de Lisseth para recogerla, trato de darle un beso en la boca, pero ella fríamente gira la cara y me hace besarle la oreja, como diciendo “No va a pasar nada esta noche, ni ninguna otra”. Partimos de inmediato al cine. Una vez allí, decido no usar las entradas de cortesía, sino comprar unas entradas de verdad. Yo escojo “La Huérfana”, pero ella replica y me dice que es una película muy mala, que no vale la pena verla (aunque yo creo que ya la vio con otro), “Mejor veamos “Año Uno”, parece que será un mate de risa”. Ingresamos y al pasar por el snack ella me pregunta que quiero comer, yo le contesto que no tengo hambre y sugiero que compre una sola canchita para los dos y gaseosas. Digo esto, con la finalidad de compartirla y de esta manera se genere oportunidades de que ella se acercara a mi, para coger pop corn y poder rozarla, o mejor aún que nuestras manos se encuentren en el camino y queden entrelazadas dentro del pote. Pero ella me dijo que solo bebería gaseosa y como un cristal el plan se quebró. Ingresamos a la sala y yo maquinando como mongo “Ahora como hago para cogerle la mano o algo más”.

Tal como lo presentía, la película es toda una cagada, mientras ella se carcajeaba con las boludeces del humor gringo, yo seguía lamentándome. Además el protagonista, un gordo, mofletudo, rollizo, disforzado por ser gracioso, me cae por así decirlo “gordo”. No hay ni una sola oportunidad de aprovechar el pánico y acurrucar, tocarle la pierna, abrazarla o robarle mínimamente un beso de media luna a Lisseth. Por la puta madre no pasa nada.

Mi intención esta noche es poder declararme, que sepa de una vez por todas que la amo más, de confesarle que le escribí cartas que nunca se las envié y decirle cuanto la amo, cuanto la he amado estos años lejos de ella y cuanto la amaré. Como odio a los cursis, pero ahora me siento más cursi que nunca, ta´que roche. Pasamos dos horas en el cine, sin conversar, sin mirarnos, sin tocarnos, me parece que no fue una buena idea, sí que soy una bestia.

Al finalizar la película, ella me propone “Ya Fabián, ¿Qué quieres comer? ya me dio hambre, yo invito, habla…”, “Vamos al restaurante de siempre, ¿te acuerdas?” le digo. “Si vamos” me dice cogiéndomela barbilla, es evidente que sabe que me tiene todo baboso por ella.

Ya en el restaurante, pedimos la comida y mientras preparan el pedido, aprovecho para exponer mi declaración, ni bien empiezo, ella me tira un portazo en la cara “No malogres la noche por favor Fabián. No digas que me amas, no me hagas promesas, no hables del futuro, como si el futuro existiera. Ya te dije que no va a volver a pasar nada entre tu y yo, yo solo te veo como amigo, anoche me di cuenta de eso”. No respondo nada, me quedo en silencio, derrotado, triste y sin apetito. Hasta este momento tenía ilusiones de que ella se convierta en la mujer de mi vida. Ahora ella se come mi corazón con papas fritas. Game over.

Ahora salgo solo por las noches, me siento un fantasma, solitario como yo solo, audífonos en los oídos y con mi mp3 encaletado en el bolsillo. Me siento recuperado de la resaca, de la lumbalgia y del corazón, soy un fantasma feliz, que disfruta tarareando canciones pacharacas de Daddy Yankee. Compro una entrada para el cine, voy a ver “La Huérfana”, me proveo de un pote de pop corn y una botella de gaseosa, me siento junto a muchas parejas empalagosas que acentúan mi condición de… de que?... ah si claro, de un solterón ya llegando a los treinta y naca la pirinaca. Salgo del cine, enciendo mi mp3 y soy el fantasma cantarín, me siento libre y feliz o, lo que es lo mismo, demasiado solo. Aprecio mi soledad, aunque espero poder despacharla o compartirla con alguien. Me considero un romántico pero duermo solo. No tengo chica, no tengo psicólogo, no creo en los curas, pero necesito urgentemente conversarme, confesarme y contarme mis problemas a mi mismo, escucharme y tratar de comprenderme y perdonarme. Continúo caminando por la calles, con mi mp3 en el bolsillo y los audífonos en los oídos, escuchando ahora a Calamaro, me topo con muchas parejas acarameladas, que continúan acentuando mi miserable condición de fracasado sentimental. Me encuentro con una amiga muy linda, que me gusta de hace tiempo, conversamos, le sonrío con excesiva coquetería y termino invitándola a ver un película de terror el fin de semana.

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viernes 11 de septiembre de 2009

Una noche de disco, sexo y mentiras

Llego al Asia, son las once, es un sábado en la noche, me acompaña Manolo, un amigo de la chamba. Previamente habíamos tomado un poquitín, yo suelo ponerme tímido cuando bebo alcohol, en realidad más tímido de lo que normalmente soy, solo me limito a observar a las chicas bonitas del lugar mientras Manolo las gilea con piropos y miradas mañosonas, a mi solo me gusta mirar, escuchar, prefiero no hablar, me quedo mudo, es que soy un borracho tonto, evito hablar para no sentirme luego como un idiota después de haber dicho alguna estupidez.

El Asia no esta muy lleno, en la puerta esta uno de los dueños, el tipo es medio extraterrestre, es gay, saluda de manera efusiva a Manolo, le hace una broma pendeja y luego me saluda con mucho respeto, es evidente que no soy su tipo, pues hace como si no estuviera y sigue conversando con Manolo, que muy discretamente le toca un lado de nalga. El dueño a pesar de su indiferencia parece buen tipo, buena gente. Nos deja entrar gratis. Manolo se me acerca y me dice “yo aquí no pago, ya sabes como es la cosa”.

Entramos y todo el lugar esta lleno de humo, muchachos gay fumando por todos lados, no me gusta el humo, me deja apestando todo horrible, el pelo, la ropa y digo: “¿Acaso estos huevones no saben que se están matando con esta tontera?”.

Subimos a la segunda planta de la discoteca, me siento en una silla junto a la barra con vista a la pista de baile, desde aquí todo se ve mejor, la música suena bien, se deja escuchar. Soy un cavernario, miro hacia todos lados tratando de identificar a una mujer que abra mis apetitos carnales. En la barra de en frente , una chica de buen cuerpo baila muy sensual dentro unos pantalones jeans súper apretados, una blusita sexy dejando ver el piercing en el ombligo y regalándome una preciosa vista de su escote, tengo urgencia porque ella voltee para verle la cara, pero nada que voltea.

Me acerco al bar y me encuentro a un gordito que conozco de hace tiempo, no le caigo bien, él piensa que yo le atrasé a su hembrita, pero nada que ver, ella lo dejó por feo y huachafo, siempre anda con su camisa media abierta y su lapicerito de oro en el bolsillo, aunque creo que no pinta, es bajito, jorobado y bien panzón, pero es buena gente el gordiolo. Me ve, me saluda y me hace así no más con los ojos, ahora se acerca y yo pido una cerveza y le pregunto “¿cuánto es socio?”, “cinco lucas” me dice, yo sé que le jode que le diga “socio” por eso mismo lo hago.

La música sigue sonando, vuelvo a la barra, me siento con mi vaso de cerveza, quiero echarle una miradita a la flaca que baila tan rico en frente mío, voltea, maldición, que impresión, me quedo pegadísimo, me gusta, me gusta mucho, no se si sea por las cervezas pero me gusta demasiado. “Se llama Mitzy” me dice Manolo; tiene buen cuerpo, cabello negro lacio, tiene una carita de ángel, esta toda sudada, se divierte rico, mientras las miradas morbosas de unos imbéciles la desvisten sin roche, es una diosa en medio de esta noche embrujada en el Asia. Confieso que me gusta a rabiar, la veo y me digo “Esta ricurita esta para morderla por todas partes”.

Mitzy: si que estas divina, eres una diosa, me fascinas porque eres descarada y coqueta, tu sabes que todos nosotros, estamos observándote con ganas, yo tengo ya la garganta reseca de tanto mirarte y con la baba por el piso. Me encanta ese pantaloncito tuyo bien marcadito, ahora no me digas que te pusiste ese pantalón de pura casualidad, estoy seguro que te probaste todo tu armario y elegiste ese. Fue precisamente por eso que me gustas, porque saltas a la vista, llamaste mi atención al toque, bailas bravaso, a pesar que tenías a otras chicas bailando a tu lado, por mucho que trataban, no lograron igualar tu sensualidad en aquella barra.

Sin darme cuenta ya me estoy moviendo al ritmo de la música que Mitzy baila. A veces pienso que debería escribir poemas, aunque la verdad yo no creo mucho en eso del amor a primera vista, pero después de esta noche tengo evidencias de sobra de que la arrechura a primera vista existe y excita. Con ella me pasa eso, la veo y me enfermo con sus movimientos, con su cabello todo largo y desordenado, cayendo libre y rebelde sobre sus hombros. Manolo se ha dado cuenta que no puedo dejar de mirarla y me dice “tienes que conocerla, háblale como sea”. Pero yo me siento tímido, no sé como acercarme y armarle charla, sólo sé que quería conocerla, que tenía que conocerla.

Mitzy deja de bailar, decide tomar un descanso y se acerca al bar, yo sigo mirándola. Me acerco a ella. Ahora la tengo a mi lado, ella esta sudando, jadeando, sonriendo. Se le acerca un mozo, no el gordito cara de chancho, sino un tipo joven, morenito, y ella le dice “necesito una gaseosita bien heladita urgente, por favor”, luego Mitzy voltea, me mira y me sonríe, yo apenas le contesto, la miro con infinita indiferencia. Debo reconocer que en el terreno amoroso la indiferencia es todo un talento, un indiferente obtiene gran rentabilidad sentimental, esta estrategia de seducción se plantea al revés de lo convencional, consiste en ignorar y hacer gala de una gran seguridad, solo comparable con la de los súper galanes y más exitosos ídolos deportivos, los tipos que lo practican ejercen un extraño magnetismo en las mujeres. Pero yo no soy tan atractivo físicamente como esos tipos así que no me conviene.

A mi me cuesta mucho utilizar esta estrategia e interpretar al sujeto indiferente. Mitzy me mira nuevamente y me sonríe, esta vez no le muestro indiferencia, soy débil, ahora le pongo la cara que pondría un ahogado ante la aparición de un salvavidas; le levanto el vaso saludándola, ella me guiña el ojo y me dice al oído “vamos a bailar” y me jala a la pista. La canción es un merengue pero mi cuerpo se mueve como si se tratara de un reguetón. Lo hago pésimo y sin duda la estoy cagando con Mitzy.

Pienso que el saber bailar no es un cualidad menor, es un privilegio ventajosísimo, y sé muy bien que si hubiera aprendido a bailar tendría el 80% de probabilidad de que la chica de turno esté revolcándose en mi cama al final de la noche. Una vez más queda en evidencia que para mi bailar es sacudir torpemente la cadera y recurrir al mismo pasito salsero de toda la vida. Pero a diferencia mía Mitzy baila como toda una profesional, se sabe todas las coreografías, además las ejecuta deliciosamente y en medio de ese horroroso humo de utilería, la generosa silueta de Mitzy resplandece. Ella parece Shakira y yo un cómico ambulante moviendo el esqueleto.

Después de varias piezas, varios chopps de chela y utilizando mis viejas estrategias de seducción, trato de ser espontaneo, auténtico y sincero, total, eso me viene resultando hasta ahora. Me siento seguro, ella se ríe, me coquetea y achina los ojos en un sutil gesto de pendejería. Yo celebro su coqueteo y le sonrío con pendejería también.

Decido mandarme, no hay pierde. Estoy seguro de que ella tiene ganas de darme un beso calentón. También estoy seguro de que el tipo que de pronto llega y se interpone entre nosotros para hablarle es su ex enamorado, un gil que se cree el canchero, más regordete que musculoso, más bajo que alto. Todo el feeling entre Mitzy y yo se diluye en el acto y mi plan se malogra. Le toco el hombro al sujeto como diciéndole “Oye locuaz, ¿no ves que estoy bailando con ella?”. Él se da vuelta y me mira como diciendo “Si me tocas otra vez, te reviento la cara”. Mitzy se acerca y me dice al oído: “Dame un minutito para arreglar esto” y yo me alejo de la escena como diciendo: “Como siempre, soy un huevón. Me hubiera hecho el indiferente y quizá ni caso le hacia a ese mofletudo”.

Me encuentro con Manolo que chupa con un grupo de gays y le cuento lo sucedido. Me dice: “Donde esta ese imbécil para chancarlo a golpes”. Yo que soy un aburrido pacifista lo calmo y le digo que “ya fue” restándole importancia al asunto. Me quedo a tomar con Manolo y sus amigos, dispuesto a olvidar a Mitzy, que de pronto reaparece abrazándome por detrás y dándome un beso en la nuca, me dice que ya habló con su ex y que podemos bailar tranquilos. La sigo a la pista de baile con la ilusión de reconstruir el clima de sensualidad en que estábamos envueltos. En la disco sonaba una bachata, nos abrazamos, mi nariz jugaba con su oreja y ella me da un delicado beso en mi cuello, me acerco lentamente a sus labios, el DJ no pudo ser más inoportuno, justo pone una secuencia de música electrónica y despierta en Mitzy unas locas ganas de saltar y sacudirse. Todo mi trabajo de anestesiarla se ha estropeado. “Maldito DJ, puto huevón, ¿no ves que ya la tenía donde quería?” pienso mientras lo miro con furia. Aguanto el segmento de electrónica y trato de seguirle el ritmo a la deliciosa Mitzy, que muero por probar, todo sea por darle una mordidita.

Descansamos un poco para refrescar la garganta, nuevamente las muestras de cariño hacía reiniciar el juego calenturiento. Cuando tuve a escasos dos milímetros de mi boca a Mitzy, la miré directo a las pupilas para certificar de que ella estuviera de acuerdo. Luego tomé aire y pensé: “Dios, sí que soy bravo” y me incliné para estamparle el beso que ella mentalmente me estaba reclamando, ahora nada ni nadie me detiene.

Pero las mujeres son impredecibles, cuando avanzo hacia su boca, ella retrocede y me dice: “Espera, no me siento muy segura, me gustas mucho y todo, pero recién te conozco, además no quiero hacer algo que después tenga que arrepentirme”. Yo que estoy recontra calentón, en estado de pindinga podría decirse. La trato de convencer atropelladamente de que no hay marcha atrás, debemos completar la travesura. Mitzy nota mi tono ansioso y desesperado. “¿No que te gusto mucho?” le digo reclamándole como un idiota, anulando toda posibilidad de que ella piense en la opción de darme al menos un beso.

Me calmo y me disculpo. Seguimos bailando cariñosamente como toda la noche. Yo pierdo las esperanzas de darle un mísero beso, hasta que ella me sorprende con un larguísimo beso de tirabuzón con lengua incluido en medio de la pista, mi cuerpo ardía a más de cien grados, le propongo irnos a otro lado, ella acepta. En el estacionamiento, seguimos calentándonos más, los toqueteos entre ambos se hacen más intensos. Mientras ella evalúa las alternativas sobre dónde prolongar la noche y yo tomando disimulado valor le propongo: “¿Y si vamos a un hotel?”.

Tras mi genial pregunta hay una pausa de unos segundos seguida de una corrosiva cadena de insultos: “¿Qué te crees que soy? ¿una pendeja de mierda?, ya llévame ahorita mismo a mi casa”. Me quedo cojudo ante esa respuesta. La llevo hasta su casa, ella se baja y me despide con un beso. No pasa nada esta noche, tampoco quiero invertir energías provocando un escándalo.

La semana siguiente la llamo al número que al empezar la noche me había dado. Lo marco, estoy muy nervioso, escucho los primeros ring, tomo aire y de pronto escucho una voz que no era de Mitzy, ni siquiera se le parece en nada, recuerdo que ella tiene la voz medio ronquita, pero no hay manera de que ella en una semana adquiera el vozarrón de cobrador de combi como el que estaba al otro lado del teléfono.
  • ¿Aló? – contesta la voz cavernosa, como la de un negro.
  • Hola, ¿se encuentra Mitzy, por favor? – digo
  • No, chochera. Este número no es de ninguna Misti, soy Juan.
  • ¿Estas seguro?
  • Claro pe huevón, marca bien y no jodas.
El tipo cuelga el teléfono y soy atacado por una serie de dudas, me siento contrariado. “¿Será que Mitzy me haya mentido? ¿Me habrá dado otro número a propósito? No, no creo. Vuelvo a marcar el mismo número y me contesta nuevamente el orangután con voz de borracho, esta vez me manda directamente a la mierda. Marco distintos números reemplazando dígitos tratando de probar que no me había mentido y que no era posible de que Mitzy me mande al desvío de una manera tan grotesca.
Le comento a Manolo del incidente, él con la más fría de las maneras de romperme el corazón, se hecho a reír y me dice:
  • Bienvenido al club hermano, te topaste con una de ellas…
  • ¿Ellas? - inocente le pregunto.
  • Ellas pues, “Las Chicas Termo” así las llaman. En el Asia hay a montones, esas huevonas tienen la peligrosa propiedad de calentarnos aprovechándose de nuestras confusiones y arrechuras, nos dejan a todos en stand by, en pausa y en dejarte con las pelotas hinchadas.
Una lección más para éste mujeriego recojudo, jamás contaba que mi querida, curvilínea, voluptuosa, bella y hasta ahora deseada Mitzy fuese integrante más de esa subversiva subclase de chicas que se dedican a calentar a los hombres y luego dejarlos con la planta llena de leche a punto de reventar, eso es un acto delincuencial.

La semana siguiente decido volver al Asia, y ahí esta Mitzy bailando muy sensual dentro unos pantalones jeans súper apretados, una blusita sexy dejando ver el piercing en el ombligo y regalando una preciosa vista de su escote, esta vez con una nueva victima que baila como un retrasado mental, lo hace peor que yo.

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miércoles 17 de junio de 2009

La historia que nunca pude contar

Soy una mala persona, soy un mal amigo, un pobre diablo. Soy un idiota, soy poco hombre, pero por sobre todo soy un animal. Un animal que no respeta nada, un animal que no sabe dominar sus instintos de macho, que tan solo basta la sonrisa de una mujer no necesariamente guapa para lanzarse encima de ella y devorarla, sin importar si aquella mujer tiene dueño. Toda esta porquería de ser es el que se dice llamar “tu amigo”, mi querido Julián. Me siento una basura completa, soy todo un ejemplar de pedazo fecal sometido al sol. Te traicioné con una frialdad y una vileza de las que no me sabía capaz. Yo quería ser tu amigo leal, tu hermano. Violé la ley básica de la amistad: no agarrarte a la mujer de tu amigo.

Hay muchas cosas que tu desconoces, como, la que es ahora tu esposa y la mujer que espera tu primer hijo, fue mi novia hace unos años, tuvimos juntos una relación muy apasionada aunque haya durado muy poco, nos quisimos mucho. Debido a mi inestabilidad emocional y mis aires de galán de barrio, eche a perder una bonita historia de amor que pudo ser. Quizá ya a estas alturas tendría un par de hijos con ella.

A Luana, tu esposa, la conocí hace unos años atrás, a diario pasaba por el lugar en donde trabajaba, era una estación de servicio, estaba ubicado a unas 6 cuadras camino a mi casa, siempre estaban chicas muy lindas atendiendo el establecimiento haciendo de anfitrionas, pero ninguna que me llamaba tanto la atención como Luana (estoy seguro que te habrá pasado lo mismo que a mi al verla por primera vez) una bella señorita de 19 años de tez blanca, muy blanca, pecas en el pecho, de cara fina y labios muy bien formados y resaltados con un agradable labial rojo, una bonita sonrisa, el cabello negro azabache que llegaba hasta un poquito más abajo del hombro, ojos color café y mirada coqueta, de 1.65 cm aproximadamente, mostraba su linda figura en un uniforme de color rojo que constaba de un pantalón muy ceñido al cuerpo y un top bastante sexy que dejaba mostrar su ombliguito coquetón con un piercing bastante sugestivo, si que es bella tu mujer, no entiendo por qué la descuidas tanto, mi envidiado Julián.

A diario pasaba por el grifo una y otra vez, a veces me detenía a cargar combustible a mi moto, siempre era atendido por las bellas anfitrionas, que amablemente me ofrecían una bebida o alguna promoción, pero yo iba por el simple deleite de ver a Luana. Hasta que una de esas tardes lluviosas y húmedas de Iquitos, me disponía a ir a mis clases en la universidad y al momento de pasaba frente al grifo pude ver desde lejos a una de las anfitrionas, a Luana, que me miraba fijamente mientras pasaba y de inmediato como todo galancete, le di media vuelta a mi vehículo, fui hacia ella con cualquier pretexto para intentar cruzar alguna palabra. Al llegar la miré y le dije “Hola, ¿cuál es tu nombre?” con gesto en el rostro de galán de cine, ”Hola, me llamo Luana” me contestó bajando la mirada con timidez y con una extraña coquetería, así que aproveche esa reacción para sentirme más seguro y repliqué: “Nunca te había visto por aquí, ¿eres nueva?”, y me respondió: “Noooo, ya tengo un par de semanas, pero a diferencia de ti, yo siempre te veía pasar, pero tu ni caso me hacías cuando intentaba saludarte, eres un sobrado”, seguimos la conversación, yo hablaba de manera muy insinuante y siendo muy claro en mis intenciones, y mis intenciones no eran de ser solo un amiguito más. Ella se iba soltando de a pocos, ya me sonreía con confianza. Después de unos minutos finalizo invitándola a comer en la noche, a lo que recibí una respuesta positiva por parte de ella.

Mis visitas a Luana eran más continuas de lo habitual, muy discretamente le dejaba notitas invitándola a vernos después de trabajar, adjuntando la dirección del punto donde debíamos encontrarnos, hacía esto con la finalidad de que nadie en su trabajo se diera cuenta de nuestra relación y que no la pueda incomodar con mis visitas; en esa rutina la pasamos cerca de una semana y media.

Una escena que aún vive en mis recuerdos es cuando probé sus labios por primera vez. Una tarde ya casi noche, la visité en su casa, la misma donde ahora vives con ella, ubicada en una misma esquina, su calle era muy oscura y más todavía con los árboles frondosos que cubrían con sus ramas parte de los postes del alumbrado público y lo que hacían es preparar la escena para pasar una noche agradable y romántica juntos. Al tocar el timbre de la casa, me atendió su mamá, me presenté como todo un caballero y me dijo que la esperara que ya estaba por salir, al ingresar, en la sala se encontraban el padrastro y su hermanita menor viendo la televisión, después de unos minutos apareció Luana que recién salía de la ducha, pude sentirla antes de que entre a la sala por su aroma que era una mezcla de shampo fresita y un perfume que no recuerdo el nombre, pero era muy agradable tanto así que me inspiró a regalarle un par de frases bonitas al oído al momento de saludarla con un beso en la mejilla.

Recuerdo que hacía mucho calor, sacamos dos sillas al patio exterior de la casa, nos sentamos justo debajo de un árbol, yo sugerí que fuera allí porque era el lugar más oscuro del lugar y siguiendo la premisa de que “al amor le gusta la oscuridad”. Conversamos de todo un poco, minutos después empecé a acercarme un poco más cada vez hasta que pude rodearla con mi brazo derecho y al no encontrar indiferencia en ella me anime a soltarle un beso en la mejilla, pero, en el camino me encontré con sus labios, ella había girado la cabeza intencionalmente para que esto sucediera; y de esta manera sucedió nuestro primer beso. Aún recuerdo sus palabras cuando me decía: “me estas enseñando a querer, a llorar, a besar, haces que mi vida sea más bonita”, no me enorgullezco de eso, pero me hace sentir muy bien.

Lo que al comienzo empezó como un vacilón para mi, una diversión pasajera, un encuentro fugaz, una motivo hecho mujer para levantar más mi ego de galancete de barrio, pero con el pasar del tiempo se fue transformando en otra cosa, en algo más profundo, ella me gustaba mucho más, era muy cariñosa conmigo, atenta, romántica y en fin todo lo que me gustaba en una mujer. Esto hubiera sido perfecto si es que no hubiera existido un secreto en todo esto, una mentira de mi parte, yo tenía otra novia ya desde hace buen tiempo, Luana siempre me preguntaba y yo siempre lo negué, ¿ya ves Julián? desde hace tiempo que soy todo un mitómano profesional.

Casi de manera interdiaria la visitaba por las noches y nos sentábamos siempre bajo el mismo árbol. Una noche en especial, cambió todo entre ella y yo, fue muy indiferente conmigo. Lo podía percibir en su mirada y en el tono de su voz, Luana empezaba a desconfiar de mi, ya no creía con facilidad todo lo que le decía y yo tenía miedo a que en cualquier momento pueda descubrir la relación paralela que llevaba.

Después de pasar parte de la noche con Luana, fui a visitar a mi otra chica, no tenía ni 15 minutos en la puerta de su casa y fue precisamente en el momento en que abrazaba a la otra chica cuando pasó en su moto la bella Luana, me miró con cara de enfado y no era para menos, yo me quede frío, en shock, aunque mi chica de turno no se dio cuenta de mi malestar y la cólera que tenía conmigo mismo. Además de mal amigo, soy un tramposo bastante tonto, cosa que no pude aprender de ti, Julián, socio, mujeriego, juerguero, putañero y amigo.

Al día siguiente todo sin vergüenza y sin sangre en la cara volví a visitar a Luana, pero ella ya me esperaba muy enojada, trate de explicarle con unas mentirillas poco convincentes después de la escena que vio la noche anterior, me propuso o mejor dicho me ordenó que si quería seguir con ella que dejará a la “otra”, bueno yo accedí y acepté dicha orden, no por darle gusto en ese instante, sino porque ya me sentía templado de Luana y estaba dispuesto a sentar cabeza en nombre de ese sentimiento.

Estuvimos varias semanas más juntos, la situación ya no era la misma, perdí su confianza y créeme Julián, compañero de tantas andadas pendencieras, no volví a recaer en la infidelidad, pero esta vez ella se dejaba llevar de comentarios de sus amigas, que me veían andar con mi otra chica, te confieso, nada más alejado de la verdad, una vez más mi mala reputación de chico pícaro y travieso me juega una mala pasada. Con esto la relación ya llegó a su final, nos dejamos de ver por mucho tiempo, me dolió en el estómago haber terminado así y no haber podido lograr que confíe plenamente en mí, es una chica muy linda y especial para mí, además de ser muy hermosa físicamente. Te ganaste el premio mayor con ella Julián. Es una de las mejores personas que tuve la suerte de conocer.

Y no fue hasta una tarde que nos reunimos en mi casa, tu, yo y nuestros amigos (Claudio y Jota) a tomarnos unas cervecitas sin motivo alguno, escuchábamos música y soltábamos algunos gallos con el karaoke en la sala de mi casa. Nos habíamos tomado cerca de unas doce botellas entre los 4, en ese momento sonó tu celular, Juliancito, mi mejor amigo (o después d leer esto, ex amigo) me habías comentado que estabas de enamorado con una chica muy linda desde hace unas semanas, al contestar era una voz femenina, preguntándote en donde estabas, tu respondiste que te encontrabas en mi casa y luego invitaste a venir a tu señorita enamorada, al parecer ella se negó en un primer momento (quizá no quería un encuentro conmigo estando tu presente), pero tu, Julián con tu simpatía y esa voz suave que te caracteriza, la convenciste y ella finalmente aceptó, pero con la condición de que fueras a recogerla de donde se encontraba, recuerdo que me pediste prestada mi moto para que vayas por ella.

Al cabo de media hora regresaste, yo me encontraba de espaldas a la puerta, tu ingresaste a la sala y dijiste muy orgulloso a todos los presentes: “Chicos, les presentó a mi enamorada” , y al darme vuelta, por fin pude conocer a tu chica que tan ilusionado me hablaste y me di con la sorpresa al ver que tu “enamorada” era nada más y nada menos que mi bello ex amor Luana, si ella a la que tanto me quiso y a la vez la hice sufrir con mis aires de mujeriego, ahora novia de mi mejor amigo. Ojala me puedas perdonar alguna vez esto Juliancito. Hice como que no la conocía y que nunca antes la había visto, que jamás nos cruzamos en la vida, creí que eso sería mejor para ti, para ella, tu no debías saber la intensa relación y todo lo que viví con Luana, no tenías porque saberlo y ella también lo entendió así.

Había en el ambiente cierta tensión, las miradas entre Luana y yo tenían la misma intensidad de hace unos años atrás, me sentía lujurioso, tenía el presentimiento de que algo peligroso podría ocurrir en cualquier momento, a pesar de la música y la cerveza en abundancia, por momentos sentía que se hacían silencios en la sala, esos silencios estaban cargados de intenciones, dudas y oscuros pensamientos. Ya pasadas las horas, tu ya estabas bastante mareado, yo no tanto, tu novia no había tomado alcohol, solo refresco. En el momento que me disponía a llevar algunas cosas sucias a la cocina, Luana vino tras de mi y me sorprendió con un beso en los labios, me dijo que me extrañaba mucho, yo no me rehusé a ese beso, ella me beso y yo la besé, lo siento amigo. Yo le dije que no estaba bien esto: “No podemos hacerle esto a Julián” y ella me respondió: “Cierto, tienes razón, esta mal”, pero mi cuerpo ardía en deseos por volver a poseerla, volvió el animal.

Aquella noche la llevaste a su casa y tu te fuiste a la tuya, pues ya estabas muy borracho. Esa misma noche Luana me llamó y me dijo que vaya a verla. Ya en su casa, pasó lo que tenía que pasar, yo se muy bien mi querido Julián, que tu jamás me hubieses encajado semejante puñalada como yo lo hice, mi instinto animal fue más que mi amistad contigo, soy un cabrón. Esa noche volví a hacer el amor con Luana. Aquella vez fui un canalla, no merezco ser tu amigo. No debimos cruzar la línea, ella era tu novia y yo tu mejor amigo. Me sentí el hombre más sucio y traidor del mundo. Soy un cabrón con todas sus letras. Juramos no decirte nada jamás, pero estoy seguro de que ella no pudo guardarse el secreto y te lo contó todo, lo creo porque tu actitud conmigo cambió de pronto y yo sentí que algo se había quebrado en nuestra amistad. Tu nunca me dijiste nada, pero yo sabía que tu sabías, yo que bien te conozco, lo notaba en tus miradas tristes y en tu dura frialdad, tu jamás fuiste un hombre violento, prefieres la indiferencia a los golpes. No hay peor golpe que tu fría indiferencia y lo sabes muy bien, por algo eres más inteligente que yo.

Gracias por tu amistad, Julian. No merezco ser tu amigo porque soy una mala persona, soy un pobre diablo, soy un cabrón. Soy todo un ejemplar de pedazo fecal sometido al sol. Soy un idiota, soy poco hombre, pero por sobre todo soy un animal.

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martes 7 de abril de 2009

El encuentro con el amor de mi vida


Hace más de diez meses que te conocí, mi Daniela, todo fue a través de internet, nos hemos hecho buenos amigos, confidentes y por qué no decirlo, en cierto modo, virtualmente, buenos amantes, nunca nos lo propusimos, pero nuestras conversaciones subían de tono sin poder evitarlo. Tú en Chile y yo en Perú. Hemos estado cerca de ocho meses chateando hasta de madrugada, enviándonos correos continuamente y llamándonos casi a diario, hasta que decidimos encontrarnos y conocernos personalmente.

Llego a Tacna y es de noche, le digo al taxista que me lleve a un hotel tranquilo, nada lujoso ni caro, pero que sea tranquilo cerca del centro de la ciudad. Bajo frente a un hotel antiguo, me registro y estando en la habitación te llamo, te digo que ya estoy en Tacna y que mañana a primera hora salgo para Arica, y tú me dices que te encuentras en el bus camino a Arica y estás a sólo diez horas de llegar. Escogimos un punto medio (geográficamente hablando) para nuestro esperado encuentro. Saliste de Concepción hace dos días, yo vengo desde Lima, viajé cerca de veinte horas para llegar a Tacna. Estoy cansado, ya quiero que amanezca pronto, me meto a la cama acurrucado por el cansancio y el frío tacneño, pero no logro pegar los ojos, la noche es lenta, me parece eterna. Como no puedo dormir me visto y salgo a dar una vuelta por la ciudad, son las dos de la mañana y no hay mucho que ver, doy vueltas en la plaza que está frente al viejo hotel, me siento en un banco, de mi canguro saco un libro y me pongo a leer, a unos metros un vagabundo me hace compañía. Leo por una hora, no puedo hacerlo tranquilo, me siento como un niño en vísperas de navidad que no puede resistir la espera para abrir sus regalos. Me siento ansioso. Regreso al hotel, me recuesto en la cama mirando al techo de la habitación y empiezo a fantasear contigo, en cómo será nuestro primer contacto físico.

A la mañana siguiente te llamo, me contestas algo cansada y me dices que ya estás instalada en el hotel, me indicas la dirección, me comentas que es un hotel muy pequeño y apartado del bullicio de la ciudad. Mientras yo tomo un bus de Tacna hasta Arica, el viaje no dura más de 15 minutos, ahora me siento nervioso, lo habrás notado en mi voz por el teléfono, mis nervios son cada vez más intensos mientras me acerco más a ti, mientras las distancias se van acortando entre nosotros, te siento más cerca, te siento más mía. No sé como llegué a enamorarme así de ti, es más, no creo haberme sentido así antes por ninguna chica, siempre pensé haber estado enamorado no de una, sino de varias de ellas, pero ahora me doy cuenta de que en realidad, no fue amor, fue otra cosa menos amor. Este sentimiento por ti es algo inexplicable, es increíble, es como admirar lo que conozco y desconozco de ti, es simplemente amor.

Al llegar al hotel, la recepcionista me entrega una nota, diciendo que me esperas en el restaurante de enfrente (me pareció lindo el detalle, eso es algo que te caracteriza, eres muy romántica y detallista). Dejo mis cosas en recepción, en uno de los baños del hotel me refresco la cara, me perfumo y peino. Cruzo la calle y al entrar al restaurante te veo sentada a la mesa, tan linda y bella como te imaginaba, con tu cabello claro y dejando unos mechones libres sobre tu cara, elegiste un vestido negro, te llega hasta tu rodilla, tiene una amplia raja que dejaba ver tu pierna, un escote sugerente brindándome la osadía de ver tus hombros y tu cuello, te pusiste unos zapatos de taco aguja negros, ahora el aire es más liviano, pero el corazón me sigue latiendo a velocidad desenfrenada, no sé qué decir, me quedo parado a unos metros de la mesa, tu rompes el hielo con algo sorprendentemente agradable, te levantas y sin decir nada me estampas un beso, con una mano te acaricio la cara mientras la otra se pasea por tu cintura, las tuyas juegan con mi cabello, mientras me besas abro los ojos y me doy cuenta que todos alrededor nos miran con cara de desaprobación ante la escena, pero no nos importa, nos besamos más apasionadamente, pobres tontos, no saben lo rico que se siente. En ese momento sentí encontrar la gloria y las llaves del cielo, las encontré en esos besos tuyos mi amor, en el mundo puede haber cosas mucho más importantes, pero ninguno más importante que este momento, el momento en que pruebo tus labios por primera vez.

Nos sentamos a la mesa y te digo que estas preciosa, que había deseado mucho que este momento llegara. Yo poco a poco me voy relajando, mientras cenamos charlamos de cosas sin importancia, tratando de conocernos aún más de lo que ya nos conocíamos. Después del almuerzo salimos a pasear por la ciudad, caminamos tomados de la mano, besándonos en cada esquina, diciéndonos palabras bonitas, planeando nuestro futuro juntos. En lo más alto, estando en el Morro de Arica, teniendo las luces de la ciudad a nuestros pies, te paras frente a mí, me coges de la mano, mis ojos se quedan paralizados frente a tu mirada, fue en ese mágico momento cuando me preguntas “¿te ves en el futuro conmigo?”, me toma por sorpresa tu pregunta, y como para reforzar lo que me dijiste añades “Cásate conmigo”, tu propuesta es corta, clara, directa y contundente. Lo único que atino hacer es darte un beso, un beso mucho más intenso que aquel del restaurante, aprovecho que estamos en un sitio apartado de la gente, juntamos los labios y abro tu boca con mi lengua, la deslizo entre tus dientes con un chasquido, aspiro tu aliento, saboreo tu saliva, tu lengua se posa sobre la mía y el calor de tu aliento me llena la boca de nuevo. Tengo los ojos cerrados, pero puedo sentir como me acaricias los labios con un dedo antes de que nuestro beso acabe y además de tus dedos siento tus lagrimas, lloras de felicidad, tus manos me apretan fuertemente la espalda, te levanto la mirada desde el mentón y hago que me mires a los ojos y te respondo “Yo te quiero en mi vida para siempre, contigo me siento feliz, eres la mujer de mi vida y quiero ser tu último amor”.

En el camino de vuelta al hotel, pasamos por un centro comercial, nos detenemos en una tienda de bisutería, me acerco a la sección de anillos y busco un par, elegimos y los compramos. Esos mismos anillos se convirtieron en la señal de nuestro compromiso, el compromiso de juntar nuestras vidas por siempre y para siempre, ya que haces más de diez meses, ya casi un año de habernos conocido y amándonos de manera virtual, ya sea por suerte, por cosas del destino o simple y felizmente porque Dios así lo quiso. Quiso que nuestras vidas se entrelacen gracias al mundo del internet y ahora estamos juntos físicamente jurando amarnos para toda la vida.

En la noche, en aquel hotel antiguo, en nuestra habitación, amplia y sencilla, donde hay una gran cama de madera con aspecto de ser muy antigua (como todo en el lugar) cubierta por una gruesa manta y con una mesita de noche a cada lado. Tú estas en la ducha, yo hago zapping en la tele, minutos después te veo salir del baño, me quedo mirando tus pies descalzos como turnándose para dar un paso tras otro hacia la cama, te veo más bella que nunca, dejas ver tu cuerpo a través de esa transparente pijama roja, te alcanzo antes de llegar a la cama y te abrazo desde atrás. Aprieto tu cuerpo contra el mío, con firmeza pero sin brusquedad, mi barbilla (la misma que decías por internet que te picaría) en tu hombro, mi nariz entre tu pelo como un depredador olfateando a su presa, aspirando tu suave olor. Hueles a mujer y a niña, a piel y a colonia infantil. Cierro los ojos y aspiro, con las manos te rodeo la cintura y mis brazos rozan los lados de tus pechos, mi pecho y mi vientre presionan tu espalda, te giras sorprendida y al hacerlo tu cintura roza justo por debajo de la mía. Te beso en la mejilla, pero no es sólo un beso, porque apenas te toco con los labios, dejándolos en tu piel durante un par de segundos, los necesarios para que un beso en la mejilla sea algo más. Esa noche nos besamos más apasionadamente que en el Morro.

Y pensar que sólo unas horas antes de aquella noche, estábamos en el restaurante, viéndonos por primera vez. Se habían terminado las horas hablando por el Messenger, haciendo planes para vernos sin estar seguros de que fuera a ocurrir, se había terminado el imaginar si las fotos engañaban, si éramos tal y como pensábamos. Casi no me lo podía creer cuando aceptaste encontrarnos y de viajar tantos kilómetros desde Concepción para venir conmigo a pasar la noche en un viejo y barato hotel en las afueras de Arica.

Cuando separamos los labios apenas puedo disimular la vergüenza al comprobar que mi excitación se hizo sentir bajo mi pantalón. Tú también pareces haberte dado cuenta pero no dices nada.

Desabrocho el primer botón de tu sexy pijama, luego el segundo y puedo ver el comienzo de tus pechos a través de tu escote, el tercero y veo que estás desnuda, desnuda bajo esa tela transparente que ya apenas te tapa los senos. No sé muy bien lo que hago, si voy por el buen camino o si me estoy equivocando, creo que estoy en un error, voy demasiado rápido, pero ahora que he empezado no puedo parar. Antes de que pueda decir palabra alguna me tapas la boca con un tímido beso y tus labios me dicen en silencio que debo seguir.

Ha pasado mucho tiempo desde que hablamos por primera vez, hemos pasado muchas horas, días, semanas y meses fantaseando este momento y por fin te tengo entre mis brazos. ¿Dónde está toda esa timidez? ¿Dónde esos principios de niña buena que te hacían callar las respuestas a mis preguntas? ¿Dónde esta la chica pudorosa que se avergonzaba al pararse frente a la webcam, tan sólo para que yo pueda verte de cuerpo completo?, ahora te tengo desnuda sentada sobre mí, con tus pezones endurecidos por el contacto con mi lengua y mis dedos.

No puedo esperar, no quiero esperar. Me siento impaciente, pero a la vez quiero disfrutar de este momento, alargarlo como si así pudiera ser eterno. Me detengo, busco tu mirada, tu rostro, necesito tu aprobación para continuar y en tus ojos primero veo duda y luego pasión. Se que voy por buen camino, me lo dijiste con la mirada. Me contengo un poco, pero sólo lo necesario como para poder besar tus labios, tu cuello y el espacio entre tus pechos. Después de varios minutos de gozar el sabor de tu piel, me muevo despacio, entrando en ti con fuerza pero sin prisa, variando mis movimientos de vez en cuando y me aferro a tus caderas, a tus nalgas, a tus piernas y a tus pechos, penetrándote con más rapidez, con más fuerza, emborrachándome con tus besos, tu olor y tu mirada, besándote como un loco, apretado contra ti hasta que un delirio de pasión nos lleva al orgasmo.

Terminamos tendidos en la cama, empapados de sudor, abrazados, besándonos, yo disfrutando de tu calor, de tu desnudez y sobretodo de aquella erótica timidez que no me dejaste ver en tus fotos.

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Las Mujeres que perdí © Diseñado por Raulín Herrera.

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